VALORACIÓN MULTIDIMENSIONAL

Victor Valoración y diagnóstico Leave a Comment

El dolor crónico es un problema muy prevalente que supone un gran coste económico para la sociedad y que cuenta con pocas opciones sobre qué hacer para que menos gente lo sufra, y la que ya lo sufre, lo deje de hacer. Se cree que una de las principales barreras es la dificultad en la obtención de un diagnóstico definitivo (Waddell 2004), lo que crea una indeseada variabilidad en las posibilidades de tratamiento y por lo tanto también en el resultado del mismo.

La evidencia actual nos indica cada vez más que las valoraciones y los tratamientos que tratan de explicar las condiciones de dolor crónico desde perspectivas aisladas, normalmente ligadas a distintas profesiones o grupos dentro de estas, no funcionan en pacientes complejos en los que influyen varios factores de diferente naturaleza. Si las clasificaciones o los modelos propuestos para interpretar el dolor crónico no contemplan este amplio espectro de factores distintos, inevitablemente no van a ser válidos para un número importante de pacientes con dolor. Como digo, normalmente estos modelos unidimensionales de interpretación del dolor y la discapacidad, han venido -con buena intención – de la mano de diferentes profesiones sanitarias o de grupos dentro de estas. En la mayoría de los casos, todos proponen modelos lógicos y verosímiles, pero parciales. El problema que hace que pocas terapias muestren efectividad es el hecho de usar estos modelos que sólo valoran una parte de los factores influyentes, en grupos de pacientes heterogéneos, que aun con una sintomatología parecida, muestran una variabilidad en los mecanismos importante. En otras palabras, es muy difícil que una técnica o tratamiento específico se muestre efectiva en un grupo de personas cuyas causas de un mismo dolor son diferentes.

Algunos ejemplos de estos modelos son el modelo patocinesiológico, el cinesiopatológico o las alteraciones del movimiento, el psicosocial u otros sistemas de clasificación. Cada uno de ellos tiene su lógica interna y su coherencia, es sensible a un número más o menos alto de alteraciones y fiable para una parte de los pacientes con dolor, pero como se ha nombrado antes, también tienen limitaciones para según qué tipo de pacientes: El modelo de Sahrman con aquellos pacientes con factores psicosociales relevantes o con aquellos en donde los síntomas no están influenciados por el movimiento, el patocinesiológico con aquellas personas donde no se encuentra correlación de los hallazgos de las pruebas de imagen con los síntomas (gran parte), la terapia mecánica con el hecho de que la centralización del dolor, según revisiones sistemáticas sólo se produce en el 52% de personas con dolor lumbar crónico…Tratando de solventar este problema, hay una creciente evidencia que sugiere que debemos subclasificar pacientes con dolor en base a sus mecanismos (O’Sullivan, 1997; Nachemson, 1999; Linton, 2000; Skouen et al., 2002; Fritz et al., 2003; Stuge et al., 2004) si queremos obtener mejores resultados. El beneficio principal que se obtendría de esto sería proponer al paciente un tratamiento individualizado, específico para él y no para otro con síntomas parecidos pero con mecanismos distintos.

Nos surge entonces a los fisioterapeutas la necesidad de adoptar un esquema de valoración que sea sensible a las diferentes dimensiones que, cada una con su peso relativo en cada individuo, influyen en la condición de discapacidad y tienen relación estrecha con los mecanismos del dolor. -En realidad, esto es lo que indica el modelo biopsicosocial de salud desde hace años y en parte lo que engloba una valoración clásica y completa de fisioterapia-. Estas dimensiones incluyen el estado del problema (agudo, subagudo, crónico o recurrente), la presencia o no de patología específica y en caso afirmativo la posibilidad de que sea grave (red flag), los factores psicosociales asociados, el estilo de vida, las comorbilidades, las alteraciones del movimiento adaptadas o desadaptadas, los mecanismos subyacentes del dolor como la sensibilización central y periférica. – Buena parte de esto es lo que sea ha enseñado en la universidad, para más tarde desecharse al realizar formaciones “más avanzadas” o específicas. No cabe duda que la especialización debe existir, pero la evidencia muestra que probablemente sea más interesante que los aspectos específicos o avances concretos en diferentes campos se adapten al modelo biopsicosocial integrador y no al revés, donde una técnica o concepto con nombre propio, adopta los aspectos que buenamente puede del modelo biopsicosocial.

Desde aquí proponemos una reflexión sobre tomar como referencia nada más que lo más aceptado internacionalmente, que es el modelo biopsicosocial, y a valorar la idea de adoptar modelos de valoración y tratamiento del dolor persistente que sean sensibles a los diversos factores de distinta naturaleza que influyen en su mantenimiento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *